Pasaba por aquí.

28 Abr Pasaba por aquí.

Pasaba por aquí y vi a Lorca con una mascarilla y un cordón policial.  
 
Alguien que pasó con su gran angular por la plaza Santa Ana de Madrid lo pasó lo colgó, colgó esta foto de Federico confinado. Él ya vivió una gripe que se llevo a mucha gente en su tiempo. Son más recurrentes las pandemias de lo que creemos.  
Confieso que no pensaba escribir nada en este paréntesis de encerramiento porque en plena crisis es difícil sacar buenas «confusiones» y, sobre todo, por lo del rio revuelto. Esa tentación se ha puesto de manifiesto a lo largo de estos días por parte de muchos doctos. Empezamos diciendo que todos vamos a ser mejores y, de repente, lo somos. Mucho mejores. Nuestros perros deben estar encantados. Está anunciado, no nos va a quedar más remedio que ser mejores, esto es un hecho al menos hasta que aparezca la vacuna; porque entonces y, sólo entonces, esos mismos chamanes harán el gesto del olvido. Lo que pasa es que yo no me lo creo. ¡Hombre de dios! ¡Cómo va a ser eso! ¿Lo que no ha hecho una democracia en cuarenta años lo va a hacer una pandemia en una cuarentena? La pandemia puede traer miedo, eso si, y el miedo nunca deja nada bueno. 
El hombre, siempre… siempre, ha sido bueno y malo, perverso y misericorde. Es verdad que algunos son más contumaces en sus posturas: Trumpes, Bolsonaros, Borises, Putines y tantos, tantos que se guardan las mascarillas para especular con ellas mientras los demás mueren en los hospitales. Ellos son minoría, menos mal. El resto somos humanos y estamos llenos de contradicciones, vivimos como especie en la más pura antinomia y sin certezas. Pues eso… que no iba a escribir, pero salió esta foto en mi móvil y de todas las cosas que, se supone, vamos a descubrir como nueva realizados, esta del  teatro online es la que más me flipa. Para bien, para bien. Para bien. 
Me flipa que  pueda hacerse ‘teatro’ online, me flipa que haya tanto empeño, sobre todo, si es gratis como las mascarillas. Ya se intentó en ‘Estudio Uno’, pero se quedó sin audiencia y… ¡zas! desapareció. Por supuesto, tengo mi opinión sobre ello, pero hay que esperar a ver, no vaya a ser que empecemos  a decir cosas erráticas como: “Cuidado con las electro máquinas, con los robots (que no tienen por qué tener forma humana),  cuidado porque están esperando para dar el asalto, cuidado con las cámaras porque están instaladas para dar ese asalto, cuidado con la perdida de la presencia, porque eso es el final del hombre”, del hombre humano, se entiende; no del otro, el de las mascarillas, se entiende.  
El teatro es, por definición, presencial como la educación y como la medicina, como la paternidad y como el fontanero, como la vida y como el amor… Un canto de mirlos puede reproducirse,  pero quien no encuentre la diferencia entre el espacio donde los mirlos cantan y esta otra reproducción enlatada en surround, tres dimensiones, estéreo, pantalla extra plana, ect, ect entonces es que estamos ya muy enfermit@s. 
 Claro que el teatro es ilusión en tiempo real, claro. Y añadiría: el teatro maneja formas reales  para poder hacer el viaje de la imaginación en su alfombra mágica. El cine¡que grande es el cine! sí graba espacios reales, tiene sus formas que parten de lo real y construye un lenguaje propio con actor o sin él. Son  las formas, esas formas son imprescindibles. El teatro tiene las suyas y los perfiles bien delimitados. Nunca, ningún ‘ismo’  ha pretendido suplantar la realidad, quien diga lo contrario manipula; no sería arte. Y mucho menos suplantar la naturaleza. Lorca nunca fue del todo ni impresionista, ni surrealista como se dice por ahí. Lorca fue Lorca y todo lo demás.  
Como ex actor creo que el teatro es presencia, es convertir las cosas pensadas en físicas, elevar la vida a acciones más allá del discurso, resolver los grandes enigmas en un tiempo más o menos estirado o encogido, pero tiempo al fin y al cabo. 
 No hay discurso, hay cuento. No hay felicidad, hay alegría poética, decía Lorca. No hay adeptos, hay amantes, decía Lorca y los amantes no se conforman con un monólogo en un -‘sitio’no lugar-, en  ‘ninguna parte’. Los discursos no son nada sin la imagen que arde, sin los ojos que van donde oyen y escuchan lo que ven. ¿Se imaginan ustedes amar sin contacto, sin beso, sin caricias? Puede ser, pero no sería… humano, estrictamente humano, estrictamente contradictorio y mucho menos arte.  
Ahora bien, no seré yo quien se oponga a este entretener en estos momentos de pandemia y sitio. Eso está bien y es plausible, pero no tengo nada claro si es posible llamarlo teatro porque no están los cuerpos, no están las voces, ni está el lugar, es decir; la presencia de un público que ha elegido venir y ha dejado su rutina afuera. La presencia del público hace al lugar. Y deben ‘estar’ unos actores no grabados aunque su vocación sea la de trasparecer para que el teatro sea del espectador. Es decir, amor. Amor de los cuerpos que, como los planetas, se atraen y se repelen. 
Otra cosa es la mascarilla de la foto que también me ha flipado, tanto como para arrancarme a escribir este saludo a los dos o tres que me visitan en este blog. Un abrazo y salud2. 
Ah! Espero no haber ofendido a nadie. Y ardo en deseos de recitar a Federico cuando todo termine. Perdonadme que no lo pueda hacer online, me sentiría huérfano y ridículo. Decía Miguel Narros, mi maestro: “Laoconte sin serpiente es un bostezo”. Pues eso digo yo tambien. Adiós.  
 
 

2 Comments
  • Salomé
    Posted at 14:48h, 04 mayo Responder

    El teatro necesita amantes, sí. De los que tocan y besan. De los que respiran emoción a la hora de desayunar. El silencio del patio de butacas es indispensable. La distancia entre el asiento y el escenario, vital. Esperaremos, Quizás sea la mejor forma de desearlo más todavía.
    Mil gracias por tus palabras y por tu forma de entender el teatro y, sobre todo, por tu jardinero. Ojalá llegase el día en el que todos recordásemos los nombres olvidados de los árboles…

  • Marián
    Posted at 00:50h, 06 junio Responder

    Renovarse o morir… dicen…, ¡qué remedio!, habrá que amoldarse, pero yo echo de menos aquellos tiempos en los que veía las cosas a mi manera, a través de mis ojos, según tuviera el día, y hoy es todo a través de la pantallita, todo muy guapo, muy colocadito, muy colorido, muy masticadito… demasiado. Se nos atrofia el cerebro D. Carmelo, y así nos va… y miedo me da.
    Un abrazo (estos virtuales se pueden no?) desde Asturias.
    Marián

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